Juan Antonio Samaranch (Barcelona, 17 de junio
de 1920-21 de abril de 2010), presidente de honor del Comité Olímpico
Internacional (COI) tras haberlo presidido
desde
1980 hasta 2001, falleció en la madrugada pasada a los 89 años en
el hospital Quirón, de Barcelona, donde
estaba ingresado desde el domingo a causa de una insuficiencia
coronaria aguda.
¿Cuántos españoles han tenido una presencia
mundial tan importante como él? Sólo pensar en esa pregunta, sin
siquiera intentar contestarla, da pie para empezar a valorar lo que ha
sido Samaranch. Como todo personaje, pudo tener sus luces y sus
sombras, pero nadie podrá discutir su universalidad, algo sólo al
alcance de los elegidos.
Ha sido el presidente del olimpismo más
influyente desde el fundador, Pierre de Coubertin, y hasta logró con su
carisma, habilidad y poder astutamente administrado, que su ciudad,
Barcelona,
ganara
los Juegos de 1992, hito que cambió muchas cosas, pero
especialmente puso al deporte español, al fin, sin complejo entre los
grandes. E incluso estuvo a punto en 2005, en Singapur, de que Madrid
obtuviera los de 2012. Sólo un estúpido error de un miembro griego lo
estropeó todo. Ya sólo era presidente de honor y, realista siempre, no
confiaba en su poder de convicción. Pero aún mantuvo lealtades que no
esperaba. Por algo, un sólo ejemplo, ha quedado como el español
más
famoso y querido en China y en los antiguos países del Este. Pero
también en muchas partes.
Porque Samaranch no sólo fue grande en los
grandes foros, contra muchos vientos y mareas, sino también en las
distancias cortas. Bastantes periodistas -él tambien lo fue- pueden
atestiguarlo. Pocos dirigentes son capaces de salir de primera clase y
acercarse a la económica sin cámaras ni alharacas. Sin necesitarlo
absolutamente desde su posición. Los gigantes lo son porque saben ser
entrañables cuando nadie los ve. Quizá, es muy posible, imperceptible
para quienes pudieron estar cerca de él, era que su astucia, su
inteligencia, moldeara tanto su manera de ser que le permitiera pasar
de las decisiones más duras a las posturas más entrañables sin el más
mínimo esfuerzo.
"¿Qué quieres ser de mayor?"
Samaranch ha muerto a pocos meses de los 90 años
tras una vida que habría firmado desde muy joven. Y, como los bravos
guerreros, por la última secuela de las heridas que le provocó la
batalla final, hace casi nueve años, cuando se despidió de la
presidencia del COI en Moscú, donde había sido elegido. Por tratar de
dejar todo en orden y con el barco a toda vela, después de tomar el
timón varado y en la calma más chicha. A la extenuación se unió el
imponderable de un fallo médico. Desde entonces ha luchado contra la
edad y el desgaste
tras 21 años considerados de los más cruciales de la
historia olímpica
Asombroso bagaje para el ciudadano de un país
que hace siglos dejó de ser muy grande, pero al que los primeros
mandatarios del mundo hacían siempre un hueco en su agenda para
recibirle sin esperas ni disculpas, a diferencia de tantos otros
presidentes. Fue bien simple para él. Sólo el fruto de alguien que vale y
hace lo que le gusta, venga de donde venga. En 1981, cuando sólo unos
meses antes había recogido un COI casi en ruinas y tenía ante sí la
difícil tarea de reconstruirlo, dijo unas palabras muy significativas:
“Yo soy como el niño al que le preguntan ‘¿qué quieres ser de mayor?’ y
dice ‘dirigir, mandar en el deporte’. Y lo he conseguido. Soy feliz”.
Ya en aquellos primeros momentos confesó que el
mundo anglosajón no perdonaba ni admitía que un españolito fuera el
jefe. Realmente raro con el poco peso específico internacional de un
país que salía del franquismo para buscarse un hueco de respeto
democrático en el mundo. Con un protagonista, además, reconvertido de
aquella dictadura. En el aristocrático olimpismo se le fue perdonando,
pero el catalán de familia acomodada, con altos cargos políticos en su
anterior andadura, sufrió muchos ataques al llegar a la cumbre. Y
después. Siempre. Como si hubiera sido el único caso a escudriñar de
las dos Españas. ¿Sombras? Cuando en 2010 aún siguen en las cunetas
víctimas del franquismo y hay tantos que no se han cambiado ni de
camisa, resulta, como poco, injusto tirar cualquier primera piedra
contra alguien.
Portero discreto de hockey sobre patines
Visto en la distancia, a Samaranch, hijo de la
alta burguesía catalana, millonario textil, parece difícil haberle
pedido en cualquier tiempo militancias de izquierda. Pero, en todo
caso, su vida política sólo fue siempre encaminada a figurar en el
deporte, su gran pasión. Portero discreto de hockey sobre patines, ya
empezó siendo un gran delegado de equipo porque su brillo estaba en los
despachos. Lo iba a demostrar sobradamente. Fue muy amigo y admiró a
Raimundo Saporta, otro ejemplo de habilidad suprema entre bambalinas,
aunque de actor secundario, como Anselmo López, un caso similar.
Samaranch, pequeño en estatura, pero con un
cerebro privilegiado, sabía perfectamente cuál era su camino, aunque
fuera tortuoso y complejo. Y lo recorrió con una meticulosidad
exquisita. Las altas esferas de deporte sólo son un remedo de la
política y él se supo mover como pez en el agua. Hizo el trabajo y, por
si fuera poco, estaba predestinado. Por eso contaba con orgullo cómo
Avery Brundage, presidente del COI entre 1952 y 1972 le predijo en una
visita a Roma que él también lo sería algun día. Pero no adivinó que
iba a ser precisamente el que desmontara su trasnochado amateurismo, la
gran decisión que salvó el olimpismo.
Samaranch no sólo acabó con la hipocresía de los
deportistas funcionarios estatales, sino que abrió la puerta a los
mejores profesionales, reconvertidos en “aficionados puros” durante la
tregua olímpica. Fácil de entender ahora, pero bien complicado de
llevar adelante en un mundo como el olímpico, donde él consiguió, con
otros éxitos, convertir el COI en un negocio pujante.
Incluso dribló
las
sombras de la corrupción, siempre sabidas, pero también enrevesadas
para hincarles el diente hasta que se lo puso en bandeja el escándalo
de Salt Lake City. ¿Sólo lavado de cara? Samaranch, que debió incluso
torear delante del Congreso de Estados Unidos, como si el resto del
mundo no fuera en absoluto corrupto, siempre comentó: “Todo por un
millón de dólares en becas y viajes a miembros de países
tercermundistas que lo toman como algo normal de ayuda a su condición.
Una propina para lo que hay, ha habido y habrá en el mundo financiero y
político”.
Monárquico hasta la médula
El olimpismo, con sus defectos, como los de la
sociedad de consumo, no deja de ser en la mayoría de los casos el mal
menor emocionante de los esfuerzos y sentimientos humanos más nobles. Y
Samaranch, un español, catalán, barcelonés, fue su estandarte. Un
lujo.
En 1993, un día antes de que el COI no se
atreviera a elegir a Pekín para los Juegos de 2000, ganados por Sydney,
comentó mientras veía los grandes yates del puerto, desde su
habitación del hotel en Montecarlo: “No me gustan”. Samaranch, rico de
familia, ni se aprovechó del COI, ni lo necesitaba. Sólo para gestionar
el deporte, lo que más le gustaba. Por eso pasó casi cuatro años de su
vida como primer embajador en Moscú preparando el asalto a la
presidencia. Mató así varios pájaros de un tiro. Se alejaba de la
España en transición a la democracia y preparaba su terreno. Monárquico
hasta la médula, sólo eso le derretía. Don Juan Carlos será de los que
más sientan su desaparición física. Pero Juan Antonio Samaranch
siempre quedará en la mejor historia de España. De la grande. De aquella
que cualquiera difícilmente no puede sentirse orgulloso.
La larga carrera de un hombre polifacético
Afición deportiva
De niño le gustaba el deporte, pero apenas
jugó seriamente al hockey sobre patines. Llegó a ser seleccionador y
primer presidente de la Federación Española de Patinaje entre 1954 y
1956. Practicó también el fútbol, el boxeo, la hípica, el esquí, la
vela o el golf. En fútbol, era seguidor del Espanyol.
La Guerra Civil
En mayo de 1938, tuvo que incorporarse al
Ejército republicano como sanitario. Como sus ideas no estaban de
acuerdo con las filas que atendía, pasó a Francia para regresar a la
zona franquista. Posteriormente, se afilió a Falange Española.
El Samaranch periodista
Fue colaborador del periódico
La Prensa
hasta junio de 1943, cuando le fue retirado el carné por la crónica
que escribió del partido de Copa, disputado en el estadio de Chamartín,
en el que el Madrid venció por 11-1 al Barcelona. En su artículo
criticó duramente al público de Madrid y a los cronistas de la capital
que lo incitaban.
Experiencia empresarial
Samaranch se graduó en el Instituto de
Estudios Superiores de la Empresa y en la Escuela de Altos Estudios
Mercantiles, en Barcelona. Tras dejar el periodismo, Samaranch siguió
los negocios familiares en la industria textil y entró en contacto con
el mundo de la banca, hasta llegar a presidir La Caixa entre 1987 y
1999, institución de la que fue presidente de honor hasta su muerte.
Carrera política
Designado concejal de Deportes en el
Ayuntamiento de Barcelona entre 1955 y 1962 y procurador en Cortes por
Barcelona en tres legislaturas (1967-1977), su nombramiento como
representante en Cataluña de la entonces Delegación Nacional de
Deportes le llevó a su primer gran cargo deportivo: delegado nacional
de Educación Física y Deportes (1967-1971).
El nombramiento en el COI
Fue miembro del Comité Olímpico Español (COE)
desde 1956 y ocupó su presidencia desde 1967 hasta diciembre de 1970. En
1966 fue elegido miembro del Comité Olímpico Internacional (COI),
organismo en el que ocupó varios cargos hasta ser nombrado
vicepresidente en 1974, puesto que desempeñó hasta 1978.
En julio de 1977, en un movimiento magistral,
fue nombrado embajador en la Unión Soviética, el primero tras el
restablecimiento cuatro meses antes de las relaciones diplomáticas con
España. Ya entonces sabía que la elección para presidente del COI sería
en Moscú en 1980. Y que el apoyo de los países del Este iba a ser
clave, como así sucedió.
Durante la 83ª sesión del COI, fue elegido
presidente en primera votación. Renunció a su cargo de embajador y
celebró su 60º cumpleaños con su sueño hecho realidad.
Luces y sombras
Durante los 21 años que estuvo al frente del
COI, vivió periodos de luces y de sombras, con éxitos indiscutibles y
problemas que dañaron gravemente su credibilidad, especialmente los
casos de corrupción en las campañas para designar sedes olímpicas.
Samaranch convirtió el organismo en una empresa rica y poderosa, una
máquina de generar ingresos en el concepto de deporte como espectáculo
masivo y mediático.
Uno de sus mayores logros fue que su ciudad
natal, Barcelona, organizara los Juegos Olímpicos de 1992. El 19 de
junio portó la antorcha olímpica a la salida de Sant Sadurní de Noya
(Barcelona), y el 9 de agosto clausuró los Juegos en el estadio de
Montjuic.
Diplomacia olímpica
Samaranch contaba como el mayor éxito de su
mandato la unión del movimiento olímpico, el COI, con las Federaciones
Internacionales y los Comités Olímpicos Nacionales, sus tres grandes
pilares. Experto anfitrión y agasajador, llevaba adelante todos sus
planes manteniendo contentos a sus miembros.
Su gran debilidad fue permitir la continuidad
de una forma de amiguismo aristocrático instaurada en lo más profundo
del olimpismo. A su marcha, sólo 12 de los 118 miembros que habían
intervenido en las últimas elecciones no habían sido nombrados por él.
Gracias a eso, y a su habilidad para manejarlos con proyectos de
futuro, fue reelegido tres veces por aclamación y unanimidad, y
ratificado en su cargo en pleno escándalo de la corrupción.
En su último discurso como presidente del COI
el 12 de julio de 2001 dijo que dejaba un movimiento olímpico
independiente “sin haber recibido jamás subsidios de los gobiernos” y
pidió a los miembros del COI que mantuvieran la unidad.
Distinciones
Samaranch recibió gran número de distinciones y
premios, como las Grandes Cruces de la Orden del Mérito Civil, del
Mérito Naval y del Mérito Militar y de la Orden de Cisneros, en la
España franquista. Fue investido doctor honoris causa por más de una
docena de universidades españolas y extranjeras, entre ellas la
Politécnica de Madrid y la Sorbona, y fue académico honorario de la
Real Academia de Cataluña (1995) y de la Real Academia de Bellas Artes
de San Fernando (1997).
Fuente: El Pais.com