Los
Lakers han guardado abiertas sus
heridas
de 2008. Nada, ni siquiera conseguir el anillo sólo un año después, pudo
sanar aquella afrenta.
Ganar
a Orlando únicamente actuó de calmante, porque el rival, el verdadero rival,
al que desean ver derrotado, es a los Celtics. La alegría no fue completa hace
ahora un año.
Pero ojo, no siempre actuar motivado por la revancha fue garantía de triunfo.
Objetivamente, se podría asegurar que los Lakers son favoritos. Son los actuales
campeones, su temporada regular ha sido bastante mejor que la de los Celtics y,
además, tienen el factor cancha a favor. Sí, los verdes son el equipo más
temible a domicilio. Lo dicen los números, esos que también aseguran que en el
Staples siempre ha ganado el local en lo que va de
playoffs.
Pero ante estos argumentos están las sensaciones. Y éstas igualan las
apuestas. El trayecto de los chicos de
Doc Rivers hasta las
finales ha sido tan estruendoso como sorprendente. Han ido dejando por el camino
cadáveres imponentes: el previsible de
Dwyane Wade, el
absolutamente insospechado de
LeBron James (con las
consecuencias que está acarreando) y, en su maravillosa inercia, el gigante de
Dwight Howard.
Juegan hipnotizados, hipermotivados, con los ojos inyectados en sangre, como
si la derrota jamás entrara en sus planes. Su rotación efectiva es de ocho
hombres, pero el nueve es capaz de revolucionar un partido, como hizo
Nate Robinson en el sexto ante los Magic tras el golpetazo de
Rajon Rondo. Saben, y así se lo ha hecho saber Rivers, que
todos pueden tener su momento y están preparados para ello.
Se ha hablado mucho de
Tom Thibodeau y de su pizarra
defensiva, pero menos de lo que puede variar su efectividad dependiendo del
criterio arbitral. Si les dejan, los Celtics no sólo juegan al límite, lo
sobrepasan. A modo de prueba habría que pedir unas fotos del cuerpo de Howard,
pues debe tener más rasguños que el sofá de Gardfield. Así que
Pau
Gasol, al que muchos analistas señalan como la clave de la final,
debería ir mentalizándose de la agresividad con la que va a ser tratado por
Garnett, Perkins, Rasheed y Glen Davis.
Es previsible que los árbitros respeten a los Lakers, con lo que se anularán,
en gran medida, las marrullerías verdes. Contra la ansiedad, contra la historia
(de las 11 finales anteriores, nueve fueron para los de Boston), contra la
presión que ejerce la tan traída venganza, contra el recuerdo de aquel último
partido en el que fueron humillados por 39 puntos, contra todo eso irá la
batalla psicológica que tengan que enfrentar a partir del jueves los Lakers. «La
última vez que jugamos con ellos, fue una gran experiencia para todos nosotros,
Nos enseñó lo que hace falta para ganar un campeonato. Con la intensidad
defensiva que jugaron, la tenacidad que tuvieron, aprendimos demasiado en esa
serie». Si es cierto lo que proclama un
Kobe Bryant en uno de
los mejores momentos de su carrera, los Lakers se sacarán la «espina» que todos
llevan dentro.