YA HAN PASADO MÁS DE 25 AÑOS DESDE QUE GANÓ SU ÚLTIMO OSCAR. ¿NO ES HORA DE QUE LO VUELVA A RECIBIR, EN LA CEREMONIA DE HOY?
Desde el momento que se anunció el pasado 2 de febrero, la 16ta. nominación al Oscar de Meryl Streep -como mejor actriz por “Julie & Julia”, en caso de que su atención haya estado ocupada en otra cosa- pareció profundamente meritoria y un poco redundante a la vez. ¡Claro que tenía que ser nominada! ¿Cómo no iba a serlo?
Casi no es exagerado decir que no puede haber una temporada de premios Oscar sin Streep, quien ha participado prácticamente en la mitad de ellas desde 1979, cuando fue nominada como mejor actriz secundaria por “The Deer Hunter”. Ganó en esa categoría el año siguiente, por “Kramer vs. Kramer”, y fue nominada una vez más en la misma categoría, en 2003, por “Adaptation”. Y esas tres nominaciones son apenas la filigrana de las 13 nominaciones que ha recibido como mejor actriz, premio que ganó la segunda vez que fue nominada, en 1983, por “Sophie’s Choice”.
Más de un cuarto de siglo ha pasado desde entonces, lo que pudiera significar que ya es hora de que Streep reciba su tercera estatuilla. Desde la última vez que ella ganó, han obtenido el Oscar Gwyneth Paltrow, Hilary Swank (dos veces) y muchas otras actrices que se lo merecían en mayor o menor grado, mientras que Streep, de 60 años, ha sido pasada por alto de manera constante, paciente y rutinaria en la ceremonia de los Oscar. ¿Ha recibido Streep demasiado reconocimiento o muy poco? Tratar de cuantificar una respuesta es realmente un ejercicio en trivialidad farandulera, datos seudocientíficos dirigidos a apoyar una conclusión que ya es más bien un axioma: Meryl Streep es la mejor actriz del mundo.
No me inclino a pensar lo contrario. Se podría argumentar lo mismo en favor de Isabelle Huppert o Juliette Binoche o alguna otra actriz francesa, pero todo el mundo sabe que Francia es diferente. Allí las actrices son consideradas como algo entre un recurso natural y un tesoro nacional, mientras que en Estados Unidos son ídolos, productos o fetiches. Y en ciertos aspectos la carrera de Streep se parece a algunas de las de sus contrapartes francesas, como Huppert o aun Catherine Deneuve, quienes se mueven con agilidad entre películas grandes y pequeñas, entre roles cómicos y dramáticos, y a quienes les ha sido dado envejecer no sólo con gracia, sino también con grandiosidad y sensualidad.
Pero Streep es también, sin duda alguna, una estrella de cine. Como tal, la fama le llegó relativamente tarde en la vida. Actriz eminente y admirada durante tres décadas, también ha surgido en los últimos años, un poco sorprendentemente, como atracción taquillera. “The Devil Wears Prada”, “Mamma Mia!”, “Julie & Julia” y “It’s Complicated” fueron todas exitosas, y es justo decir que su participación en ellas no fue correlativa de su éxito, sino la causa. Estimada hasta donde uno puede recordar, ahora también es amada.
Examinando su obra pasada -desde la miniserie “Holocaust” y “The Deer Hunter”, a lo largo de “Sophie’s Choice” y “Silkwood”, “A Cry in the Dark”, “Heartburn” y “She-Devil” -uno nota una progresiva suavización del tono, pero no un relajamiento de la técnica. Las películas que establecieron a Streep como una fuerza formidable, hasta intimidante, de la pantalla estuvieron marcadas por temas fuertes y estados de ánimo profundos, dramáticos y oscuros: Vietnam, el divorcio, el Holocausto, niños perdidos, ansiedad nuclear. Su filmografía de los 1980 es una antología de ambición cinemática seria y comprometida, frecuentemente respaldada por el prestigio literario (adaptaciones fieles de obras de John Fowles, William Styron y Isak Dinesen) y liderada por directores hollywoodenses de primera categoría, incluyendo a Alan J. Pakula, Mike Nichols y Sidney Pollack.
La reputación que Streep ganó por su trabajo en esas cintas retiene más brillo que la mayoría de las películas en sí mismas. Situados entre la mitologizada Era Dorada del “Nuevo Hollywood” de los 80 y la hoy casi igualmente sentimentalizada década de los independientes, los años 80 carecen, comparativamente, del afecto nostálgico de los fanáticos o del amor revisionista de los críticos. Y no obstante, los filmes respetables de esa era podrían representar el último suspiro de un noble ideal convencional. Son proyectos ambiciosos que no ocultan su propósito comercial, dirigidos a entretener y edificar a las audiencias adultas, sin ser deliberamente provocadores ni tímidamente inofensivos. Algunos de nosotros crecimos con películas como “Sophie’s Choice” y “Out of Africa”, y el cariño que sentimos hacia ellas supera el sentido de que crecimos y las dejamos atrás. Hoy día “Kramer vs. Kramer” y “A Cry in the Dark” serían desaliñadas peliculitas del festival de Sundance. “Out of Africa” sería en francés. “Silkwood” sería “The Blind Side”.
Streep -seria, escrupulosamente atenta a los matices de la actuación, dispuesta a imbuir cada gesto con los valores del oficio y su respeto a la calidad- no sólo fue la estrella de muchas estas películas ganadoras del Oscar en los 80, sino que también fue la personificación más reconocible de su estética. Lo que no quiere decir, de manera alguna, que fuese una presencia fija o predecible. Al contrario, su marca en esos años -la característica que producía, de un filme a otro, expresiones de asombro casi rituales- fue su camaleonismo. Streep dominó los acentos de una sorprendente variedad de países y regiones; el de Pennsylvania occidental en “The Deer Hunter”; el de Oklahoma en “Silkwood”; el polaco en “Sophie’s Choice”; el de Australia en “A Cry in the Dark”; y el acento de una danesa que vive en Kenya en “Out of Africa”.
Y su temperamento y apariencia física pareció ser tan mutable como su voz. En su fase inicial, Streep podía lucir enigmática, severa, herida, varonil, femenina o aristocrática, cambiando de alma tan fácilmente como cambiaba de color o estilo de pelo. Y eso cambió con notable variedad también, desde un paje oscuro hasta un “bob” rojo, todas ellas supresiones heroicas, en nombre del arte, de su rubio natural.
Pero tampoco es correcto decir que ella desapareció dentro de esos roles. En cambio, usó las particularidades de esos papeles tan disímiles para revelar alguna faceta esencial de su propia persona, su inefable pero inequívoca “Streeptitud”. En una de las pocas reseñas escépticas de esa rara cualidad, Pauline Kael, escribiendo sobre “Sophie’s Choice”, sugirió que Streep era demasiado controladora, demasiado calculada, para crear personajes de completa y espontánea humanidad. “Pudiera ser que en su celo por ser una actriz honesta”, especuló Kael, “no deja que nada se le escape a su concepto de lo que es una actuación”.
A menudo, sin embargo, ese cuidado fue una virtud, que le proporcionó a películas vagamente concebidas e inconsistentemente ejecutadas (como “Sophie’s Choice” y “Out of Africa”) una disciplina y claridad que de otro modo no hubiesen tenido. No era exactamente una dimensión mayor de realismo -Kael estaba en lo correcto al intuir un elemento crucial de premeditación en la actuación de Streep- sino una precisión que hacía que los personajes fuesen interesantes aun si llamaban la atención por el virtuosismo de la actriz que los estaba representando.
Dado el prejuicio que automáticamente eleva lo pesado sobre lo ligero en lo que se refiere a las actuaciones de cine, pudiera parecer perverso alegar que sus elogiados roles dramáticos de los 80 fueron una preparación para el florecimiento cómico que comenzó a finales de esa década con cintas como “She-Devil” y “Postcards From the Edge”. Streep no abandonó para nada el drama, ni las exploraciones virtuosas de acentos y estilos de pelo retantes. (Observe su actuación perfecta, sílaba por sílaba, como la granjera italiana expatriada en “Bridges of Madison County”, una película que nunca ha recibido el reconocimiento que merece). Pero sí comenzó a revelar un lado juguetón y travieso, un impulso anárquico que, unido a su formidable técnica y sentido del tiempo, ha florecido en los últimos 10 años, más o menos.
Difícilmente uno podría decir, viendo “The Devil Wears Prada” o “Julie & Julia”, que su talento para la mímica ha disminuido. O que, en “Doubt”, su compromiso con la intensidad dramática ha mermado. En su representación de Julia Child, la postura, la voz, la juguetona mezcla de impulso despiadado e irreprimible ‘joie de vivre’ es casi increíble. Pero estos días, personificar a otro es el terreno de cualquier aspirante a estelarizar un “ biopic”. La Julia Child de Streep es en todo momento un “performance”, una fusión de dos personalidades fuertes en lugar de la absorción de una por parte de la otra. Uno nunca olvida que está viendo a Meryl Streep habitando una versión de Julia Child, y eso, en lugar de distraerlo a uno sobre la verdad de Julia, ayuda a entenderla. Nuestra familiaridad con Streep es lo que hace su exploración de una Julia Child más privada tanto creíble como excitante. De manera similar, en sus frecuentes viajes al mundo del gobierno cinemático, ella puede ser enteramente convincente como senadora o secretaria de gabinete sin dejar de ser al mismo tiempo, en cada sílaba y cada gesto, Meryl Streep.
Streep, además, evidentemente disfruta lo que hace, y la delicia de verla actuar estos días -ya sea como una alocada cantante folk en “A Prairie Home Companion”, como una divorciada románticamente confundida en “It’s Complicated” o aun como esa monja de acero de “Doubt”, que más parece un sargento- surge, en parte, de un sentimiento de placer compartido. La disciplina de siempre sigue estando ahí, pero ahora parece divertirse más.
Y también es divertido verla ahora, en su verdadera madurez artística, por el hecho de que la estamos viendo hace tanto tiempo. Sabemos que puede hacerlo todo -desde interpretar a Ethel Rosenberg, una madre mormona y rabina ortodoxa en “Angels in America”, darle voz a una zorra casada con George Clooney en “Fantastic Mr. Fox”, hacer de Julia Child a sus 36 años o de la sensual dueña de una panadería en “It’s Complicated”- lo que significa que ya no tiene nada que probar.
Se podría decir que, con toda la variedad de papeles que representó temprano en su carrera -encarnando mujeres de varias clases, periodos, nacionalidades y personalidades- Streep ha decidido mantenerse ahora en una constelación más estrecha. ¿Quién ha sido últimamente? Escritora para la revista New Yorker en “Adaptation”, editora de otra revista en “The Devil Wears Prada”, cantante radial en “A Prairie Home Companion” y autora de libros de cocina en “Julie & Julia”, dirigida por Nora Ephron, quien antes de ser cineasta se destacó por sus propios libros de cocina y a quien Streep ya había interpretado, más o menos, en “Heartburn”.
Todos estos personajes habitan un universo cultural fácil de caricaturizar, aun de ridiculizar como liberales y elitistas en estos tiempos culturalmente sospechosos e ideológicamente contenciosos. (Aun la Hermana Aloysius, en “Doubt”, vive en ese cosmos, pero no como parangón, sino como monstruo designado). Pero las verdaderas estrellas de cine no conocen esas limitaciones de contexto. Pertenecen a todo el mundo. La genialidad de Julia Child fue desmitificar su arte, insistir en que todo el mundo era capaz de cocinar como ella lo hacía, y Streep hizo algo similar. No que todos nosotros podamos actuar con esa consumada destreza, recursos y dignidad. No podemos ser Meryl Streep. Y aun así, independientemente de quien sea que ella esté pretendiendo ser en el momento, a la vez que sigue siendo ella misma, con su oficio perfecto y cálculo sublime, no podemos evitar sentir que ella es una de los nuestros.
Fuente: The New York Times

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